Desde hace 7 años, Carmen Rosas acude al Instituto Nacional de Cancerología (INCan) para recibir quimioterapia. Pedece cáncer de mama, y en todo este tiempo, dice, nunca había esperado tanto por el servicio.
La moderna sala de quimioterapia del nuevo edificio del INCan luce repleta todos los días. Por momentos también se llenan los pasillos.
Los pacientes señalan que desde hace dos meses empezó a atrasarse la atención y ahora esperan hasta 12 horas para recibir el tratamiento. Eso sin contar el tiempo que invirtieron en los estudios de laboratorio y después para recoger el medicamento.
Algunos refieren que por primera vez, en lo que llevan de tratamiento, les han diferido sus quimioterapias para otros días.
“Antes hacíamos el mismo proceso y salíamos a más tardar a las 19:00 horas, pero el último mes hemos salido hasta las dos de la mañana”, cuenta Verónica, quien acompaña a su mamá, Ángela Castillo, de 83 años.
Para cumplir con el tratamiento, ambas mujeres salen de su casa, en Atizapán, Estado de México, a las 4:30 horas.
Luego de que le realizan los exámenes de laboratorio a doña Ángela, esperan dos horas, y si los análisis salieron bien tramitan su receta. En este procedimiento invierten alrededor de dos horas más.
Después deben esperar la aplicación de las quimioterapias del turno vespertino, que comienza pasadas las 15:30 horas.
De la última quimioterapia salieron a las 2 de la madrugada.
Los pacientes comprenden que en la aplicación de la quimioterapia se presentan para muchos reacciones adversas, como náusea, mareos, alergias, y se debe reducir la aplicación, lo que implica alargar el proceso, que puede llevar así hasta seis horas.
Mientras tanto, las sillas en la sala de espera están permanentemente ocupadas.
Carmen es una joven madre que viene desde Querétaro para recibir tratamiento para su cáncer de mama que hizo metástasis en el hígado.
No puede darse el lujo de suspender el tratamiento. Su esposo padece cáncer de cerebro en etapa terminal y tiene una hija, Mariana, de ocho años, a quien quiere enseñarle “que vale la pena vivir la vida”.
A pesar de su condición, Carmen trabaja dos días a la semana para mantener a su hija.
“Ningún tratamiento lo veo como un sacrificio. Menos porque le quiero mostrar a Mariana lo importante que es valorar y luchar por la vida”, comenta.