Inaugurado en 1910 por el gobierno de Porfirio Díaz como parte de las celebraciones del Centenario de la Independencia, el hospital fue presentado como un símbolo de modernidad y progreso científico. Sin embargo, con el paso de los años se transformó en uno de los lugares más inquietantes de la historia mexicana.

La institución comenzó a recibir cada vez más pacientes, llegaron a albergar a más de 3 mil pacientes, aunque estaba diseñado para una cantidad mucho menor. La saturación provocó problemas de atención médica, falta de recursos y condiciones de vida que profundamente precarias.

Durante las seis décadas que operó los encargados abusaron de la aplicación de electroshocks a los pacientes, aplicaban baños de agua helada ante el menor indicio de rebeldía, cada persona internada tenía que enfrentar condiciones extremas de insalubridad y hacinamiento, entre tantas otras vejaciones, fue un psiquiátrico que se salió de control a la vista de autoridades.

Se hablaba de pacientes que caminaban sin rumbo por largos corredores, de tratamientos experimentales y de noches interrumpidas por gritos que podían escucharse a través de las ventanas. Pero eso no era lo más inquietante, si no que no todos eran personas con enfermedades mentales graves.

Algunas mujeres fueron internadas por desafiar normas sociales, otras por depresión, alcoholismo o simplemente porque sus familias no sabían qué hacer con ellas. También llegaron personas con epilepsia, discapacidades intelectuales e incluso individuos considerados “incómodos” para la sociedad de la época.

La Castañeda terminó convirtiéndose en un reflejo de cómo la sociedad veía la salud mental durante gran parte del siglo XX: algo que debía mantenerse lejos de la vista pública.

Cuando fue clausurada en 1968, miles de expedientes quedaron como testimonio de las vidas que pasaron por aquel lugar. La documentación histórica confirma que muchos internos vivieron situaciones de abandono y marginación.
