¿Alguna vez te has preguntado por qué a los de Cuernavaca nos dicen "guayabos"?

La respuesta está en las calles de la ciudad, hace más de medio siglo. En las décadas de los cincuenta y sesenta, Cuernavaca estaba llena de guayabos. Calles como Las Palmas, Chipitlán o Fray Bartolomé de las Casas desprendían el aroma de las guayabas maduras.
Pero había un pequeño problema. Algunas familias comenzaron a cultivar guayabas injertadas, frutos mucho más grandes, dulces y jugosos que las comunes. Eran tan buenas que era imposible resistirse a ellas.

La gente se brincaba las bardas, se metía a los patios y se robaba las guayabas. Y ahí es donde nace el apodo, a quienes atrapaban robando el fruto, les empezaron a llamar guayabos.
Con el paso del tiempo, el apodo dejó de señalar a los amantes de lo ajeno y terminó identificando, con cariño, a los nacidos en la capital de Morelos.
La historia no acaba ahí, existe otra anécdota. Se cuenta que un ebanista talló la imagen de un santo para la Iglesia de El Calvario. El día de la bendición todos se arrodillaron, menos él. Cuando le preguntaron por qué no mostraba respeto, respondió con toda naturalidad: "Es que yo lo conocí siendo guayabo."

¿Y qué quiso decir? No hablaba del árbol. Para entonces, "guayabo" ya era una forma de llamar a la gente de Cuernavaca. Así que, en realidad, estaba diciendo: "Yo lo conocí antes de que fuera santo, cuando todavía era un hombre común de Cuernavaca."
Aunque en la actualidad no es tan común escuchar el apodo entre locales, ahora sabes que nos dicen guayabos por una mezcla de historia, naturaleza, tradiciones y sí, también por uno que otro ladronzuelo.